sábado, 27 de agosto de 2022

COSTUMBRES ANTIGUAS Y CASI OLVIDADAS (II)

Otra fuente de indudable originalidad es la que encontramos en El libro de las Maravillas, de Marco Polo, quien, nacido en 1254, acompañó a su padre y a su tío en su segundo viaje a Oriente, a partir de 1271, cuya duración fue de cuatro años en la ida, hasta llegar a Cambaluc, capital del Gran Khan, al norte de Pekín. Marco Polo permanecerá dieciséis años en los dominios mongoles, regresando a partir de 1292 en un nuevo viaje que duró otros tres años. Será en 1296 cuando, tras su participación en la guerra entre Venecia y Génova, es hecho prisionero, relatando sus aventuras a Rustiniano de Pisa, llegado desde Inglaterra atraído por la reputación del viajero: las memorias de Marco Polo recogidas por Rustiniano tuvieron pronto una extraordinaria difusión, a la vez que fueron conocidas de distintas formas, aparte de la más utilizada de El libro de las maravillas; así, La descripción del mundo o El millón, debido este último al apodo irónico con el que los venecianos habían apodado a Marco Polo: El señor millones

Marco Polo habla, al describir la provincia de Peny, que formaba parte de la Gran Turquía sometida al Gran Khan, de la costumbre allí existente según la cual, si “un marido no ha vuelto del viaje veinte días después de la fecha fijada para su regreso, la mujer se vuelve a casar y el hombre también se casa donde él quiere.”  Una particular forma de abandono del hogar y separación legal de los matrimonios.

Más adelante, Donde se habla de la provincia de Camul, el libro recoge una costumbre curiosa de sus habitantes: “Cuando un viajero convive con ellos, el dueño de la casa está encantado de recibirle. Ordena a su mujer que satisfaga todas las peticiones del viajero, e incluso él mismo se va, de manera que el viajero pueda gozar con la mujer del hombre que le acoge. Son hermosas mujeres que consideran que esta costumbre les honra. No tienen vergüenza en ello. Todos los hombres de la provincia están así deshonrados por sus esposas. Un día, Manghu-Khan, el señor de la provincia, enterado de esta costumbre, decidió suprimirla bajo pena de grandes castigos. Desesperados, los habitantes celebraron consejo y enviaron al Khan un magnífico regalo, suplicándole que les dejara mantener esta costumbre heredada de sus antepasados. Era, según decían, en agradecimiento de este uso, que sus ídolos les concedían gran prosperidad. Entonces el Khan les respondió: <<puesto que vosotros mismos queréis vuestra vergüenza y no podéis vivir sin esta costumbre, yo lo autorizo>>, y desde entonces han guardado este comportamiento.”

 Y al hablar de los tártaros, Marco Polo describe “otra costumbre. Cuando un hombre tiene una hija y ella muere antes de estar casada, y otro hombre tiene un hijo que muere antes de estar casado. Sus padres los unen y celebran grandes bodas entre ambos y redactan contratos de matrimonio. Luego, estos contratos los queman rápidamente, para que, según ellos, los casados puedan estar informados en el otro mundo y considerarse como marido y mujer. Y los padres de los casados se consideran parientes, como si sus hijos estuvieran vivos.”

Igualmente, cuando habla de la ciudad de Cambaluc, Marco Polo dice que: “No hay ninguna prostituta en la ciudad. Viven en zonas exteriores. Son muy numerosas y amables con los extranjeros y esto es una maravilla. Más de veinte mil mujeres comercian con su cuerpo y todas viven, lo que nos da idea de la inmensa multitud de la ciudad.”

Más tarde, Marco Polo habla del Tíbet, cuyos “habitantes tienen una costumbre muy curiosa para el matrimonio de sus hijas jóvenes. Es esta.

Por nada del mundo los hombres de esta región se casarían con jóvenes vírgenes, porque no valen para nada si no tienen el hábito de acostarse con los hombres. Cuando los extranjeros que van de viaje pasan por allí, las mujeres de edad se ponen de camino con las jóvenes para que ellos hagan su voluntad. Luego, las recogen de nuevo, evitando que se vayan con los viajeros. De tal manera que las caravanas con veinte o treinta viajeros que atraviesan una aldea tienen cuanto desean porque se lo vienen a ofrecer. Pero en verdad, a la joven con quien se ha estado debe dársele un anillo, un regalo o algo que pruebe, cuando quiera casarse, que ha estado con varios hombres. Y ellas lo hacen para poderse casar. De esta manera cada jovencita debe procurarse al menos veinte signos para acceder al matrimonio. Están más solicitadas las que pueden demostrar que han sido más deseadas, porque, en definitiva, son las más agraciadas. Una vez casadas, sus maridos las quieren y tienen el adulterio por la peor de las bajezas. Todos se guardan de este deshonor, ya que tienen esposas muy adiestradas.”

No sabemos la opinión real del viajero veneciano sobre esta costumbre, pero sí sobre los habitantes del Tíbet, de los que dice que son “muy peligrosos. Robar o hacer daño no es un pecado para ellos. Son los más grandes malvados del mundo.” Pese a ello, algo positivo, sobre todo en lo económico, le mereció al Marco Polo comerciante la costumbre tibetana, ya que en su opinión: “Nuestros jóvenes caballeros harían bien en ir, para ser solicitados y disponer a su voluntad, sin desembolso alguno, de las jóvenes doncellas que deseasen.”  No debemos pensar que el pragmatismo de los comerciantes venecianos se imponía en su pensamiento frente a la moral cristiana, aunque pueda parecerlo.

También en la provincia de Gaindu hay una costumbre parecida a la de Camul. Así, allí también los “hombres no consideran como una vileza el hecho de que un extranjero u otro hombre los deshonre con sus mujeres o sus hijas o sus hermanas o con cualquier mujer que viva en la casa si no que, al contrario, encuentran muy bien este modo de proceder, porque piensan que los dioses y los ídolos estarán mejor dispuestos y les acordarán mayores riquezas. Así entregan con largueza sus mujeres a los extranjeros”, señalando también que mientras tanto abandonan la casa, a la vez que su huésped cuelga durante los días de su estancia un sombrero en la puerta de la casa hasta que se va, con lo que su anfitrión tiene así constancia de su partida. Más adelante añade que los habitantes de la provincia de Caraian no “se extrañan de que un hombre se acueste con la mujer de su vecino si ella consiente.” El consentimiento como requisito previo, sin otros condicionantes para él o para ella, como el hecho de que estuviera casada, no es, pues, un invento actual.

Por el contrario, en esa misma provincia el sexo masculino corría verdadero peligro, puesto que hasta su conquista por el Gran Khan, unos treinta y cinco años antes del viaje de Marco Polo, con algún hombre “con buen porte, o un gentilhombre” que se alojara en una casa que no fuera la suya, podía darse el hecho de que “lo asesinaban o envenenaban dándole muerte. No lo hacían para robarle su dinero, sino para que la buena sombra y gracia que tenía, su sabiduría y su salud quedaran en la casa de quien lo albergaba.”

Existe también en el libro de Marco Polo un relato sobre una de las costumbres de los habitantes de la provincia de Zardandan que nos recuerda mucho lo que algún autor clásico dice de los astures, uno de los pueblos del norte de la península ibérica en la antigüedad. Así, se dice que en Zardandan las “mujeres se ocupan de todo –los hombres sólo de la guerra y de la caza-, son los esclavos, es decir, las mujeres y los hombres que han conquistado, los que realizan todo el trabajo. Después de haber parido, las mujeres lavan al recién nacido, lo envuelven con paños y telas ya preparadas, y marchan a sus trabajos. Al mismo tiempo, el marido se acuesta y guarda la criatura con él. Permanece así durante cuarenta días, recibiendo la visita de parientes y amigos, celebrándolo con fiestas y diversiones. Porque según dicen ellos, si la mujer ha tenido gran sufrimiento, justo es que el hombre tome su responsabilidad en el cuidado de la criatura.

Al hablarnos de la India, Marco Polo nos describe la existencia de dos islas, una de hombres y otra de mujeres, situadas a “cinco millas de Quesmaturan”, provincia que sitúa como la “que está más al oeste y al noroeste”: parece corresponder con la costa de la actual Karachi; sin embargo, al hablar de las islas de los hombres y de las mujeres afirma que dependen del obispo de la isla de Scaria, que pasa a describir a continuación, y dicha isla corresponde a la actual isla de Socotora, perteneciente a Yemen del Sur.

 Nos señala que están pobladas por cristianos que viven “según la regla del antiguo testamento, que precisa que un hombre no debe copular con su mujer si está embarazada, y debe guardar cuarenta días de abstinencia después del nacimiento. Los hombres viven en su isla que abandonan durante tres meses para ir a vivir con sus mujeres, y luego regresan. Los siguientes nueve meses trabajan los campos y hacen su comercio. (…) Cuando nace una hija se queda a vivir con su madre en la isla de las mujeres. Si es un hijo se queda con la madre, quien lo cuida hasta la edad de catorce años, después se va con su padre. Las mujeres no tienen más obligación que cuidar y educar a sus hijos, y recogen los frutos de los árboles. Los hombres les suministran cuanto necesitan.”

A veces, por el contrario, las descripciones de Marco Polo sobre la fisonomía de las féminas de algunas regiones son verdaderamente crueles, pues de las mujeres de Zanzíbar, en la costa oriental de África dice, después de describirlas de forma semejante a los varones, que “son las más feas del mundo. Sus pechos tienen cuatro veces la talla de las otras mujeres”.

Por supuesto, frente a la descripción de costumbres que puede servirnos para conocer la situación del hombre y de la mujer en determinados momentos y lugares, están las opiniones de algunos autores. Así, el francés François Bernier escribió un libro en el siglo XVII, Viaje al Gran Mogol, Indostán y Cachemira, donde dice: “En las Indias –como en Constantinopla y en otros sitios-, las mujeres intervienen a menudo en los asuntos más graves y hasta los originan. Por lo general, esto no se tiene en cuenta y se cansa uno inútilmente buscando otras causas a los sucesos”.

Sin embargo, Bernier recoge aspectos variados sobre el papel y la importancia de la mujer en las tierras que visitó, ya que cuenta también, al hablar de los tártaros, lo sucedido cuando una de sus aldeas fue atacada por veinticinco o treinta jinetes indios para conseguir botín y prisioneros a los que vender como esclavos; durante su acción, una vieja tártara les advirtió que cesaran su ataque, pues, en caso contrario, cuando su nieta volviera los mataría a todos, si bien hicieron oídos sordos a esta petición. Pero, cuando iniciaron el regreso con su botín y los prisioneros, se encontraron con que “una joven tártara que cabalgaba en un caballo furioso, con su arco y su carcaj al lado, les gritó desde lejos que estaba dispuesta a perdonarles la vida si devolvían al pueblo todo su botín y se retiraban después. La admonición de la joven les convenció tan poco como las palabras de la vieja. Y el asombro de ellos no tuvo límites cuando vieron a la amazona disparar tres o cuatro flechas que hicieron caer muertos a otros tantos hombres. Los jinetes echaron mano a sus flechas, pero la joven se hallaba a tal distancia que ninguno pudo herirla. La joven se burlaba de sus esfuerzos y de sus flechas. Había sabido atacarlos calculando el alcance de su arco y la fuerza de su brazo, muy superior a la de ellos. En fin, después de poner fuera de combate a la mitad de los soldados y amedrentar a los restantes, se lanzó sobre éstos sable en mano, matándolos a todos.”

El mundo pasado, pues, no es tan distinto ni el actual tan nuevo. Las formas y las ideas se parecen, pues su punto de partida es el ser humano y su vida en sociedad, aunque entonces las descripciones adopten tonos poéticos, y hasta épicos en algunos casos, mientras que en la actualidad únicamente retorcemos el lenguaje y con ello queremos que, casi mágicamente, cambie la realidad del mundo e incluso la fisiología de sus habitantes. Tal como decíamos en una ocasión anterior, es necesario conocer la Historia como forma de entender el presente y no realizar saltos en el vacío, puesto que los experimentos de alquimista suelen ser peligros y, en ningún caso, consiguen, piedra filosofal mediante, transformar el plomo en oro.