sábado, 27 de junio de 2026

JUDÍOS, MORISCOS Y ESCLAVOS EN LA VILLA DE LA PUEBLA DE MONTALBÁN

 

 

En agosto del año pasado, es decir, hace ya diez meses publiqué mi último artículo en este blog, por llamarlo de alguna manera; se trataba del Elogio del retiro y alejamiento del mundanal ruido donde abogaba, entre otras cosas, por volver al placer de la conversación y de la lectura de libros. Ambas cosas las he disfrutado como nunca en este tiempo. Todo ello lo he acompañado, además, con la tarea de avanzar en algunos trabajos que tenía un poco abandonados al no dedicarles el tiempo necesario.

Sin embargo, he de reconocer que echaba de menos asomarme a esta ventana en la que la escritura, a veces, surge por si sola y me permite plasmar algunas cuestiones que a mi me parecen lo suficientemente interesantes como para reflejarlas en unas pocas líneas.

Por otra parte, se acercan las fiestas patronales de la Puebla de Montalbán y publicar este pequeño trabajo es una manera propia de participar en dichas celebraciones y, al menos eso espero, entretener a algunos de mis convecinos a los que les gusta conocer la historia de nuestra villa.

Mi deseo es que sirvan estas líneas para ese objetivo.

 

JUDÍOS, MORISCOS Y ESCLAVOS

EN LA VILLA DE LA PUEBLA DE MONTALBÁN

Hay tres grupos humanos que han sido protagonistas, en mayor o en menor medida, en la Historia de España y que, sin embargo, no siempre su actuación aparece nítida en los manuales de historia: los judíos, los moriscos y los esclavos. Respecto a estos últimos, España no ha sido nunca una sociedad esclavista, pero ello no significa que no hubiera esclavos, aunque su papel económico fuera escaso y poco importante. Los moriscos, por su parte, son un grupo que aparece tras la Reconquista de un territorio y que llegó a representar una parte importante de la población en algunas zonas en determinados momentos. Respecto a los judíos, su actuación en tierras peninsulares se desarrolla desde los tiempos antiguos y permanecen como una minoría importante y definida hasta su expulsión en 1492.

Todos ellos tuvieron también su papel en la Historia del Señorío de Montalbán y conviene ver cómo se manifestó su presencia, especialmente en el caso de la Puebla de Montalbán.

Como sabemos, la rendición de Toledo y su paso a manos de Alfonso VI se hizo sobre la base del respeto a los bienes y la religión –a cambio de un tributo- de los musulmanes que aceptaran el poder cristiano, pero también de los judíos, quienes podían, asimismo, elegir irse o quedarse en condiciones parecidas a las de los musulmanes, incluido el pago de un tributo anual. Sin embargo, mientras la población musulmana, por diversas causas, disminuyó considerablemente, la presencia judía en tierras toledanas, y no sólo en la capital, parece que fue importante. En el caso del señorío vemos como durante el último tercio del siglo XV esta presencia se mantenía, ya que en el privilegio de donación por el que se concede Montalbán al marqués de Villena se señala que se hacía “con todos los vasallos, así cristianos, como judíos, y moros que entonzes vivían, y en adelante morasen”.

Respecto a los judíos, en 1576 se tenía todavía la idea de que la Puebla de Montalbán había sido originariamente una población de judíos, hasta que los vecinos de Villa Harta se trasladaron aquí. Esta idea se refleja, incluso, en la equivocada denominación de barrio de los judíos que se ha dado hasta la actualidad a una parte del pueblo, confundiendo la antigua denominación de olivar de los judíos con la existencia de una sinagoga que si que existió, pero en la zona antigua de la villa, tal como explico en el volumen II de mi Historia del Señorío de Montalbán.

En términos generales, la presencia judía en tierras toledanas era lo suficientemente importante a comienzos del siglo XIII como para que el arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada hiciese un acuerdo con esta comunidad al margen de lo dispuesto en 1215 en el IV Concilio de Letrán, si bien las persecuciones que a nivel de toda Europa se dieron en 1391, a las que hay que sumar lo ocurrido en tierras toledanas en 1449 y 1467, redujeron considerablemente su número e hizo aumentar el de los conversos. A pesar de ello, sin embargo, continuó habiendo aljamas de cierta entidad en la mayor parte de las poblaciones de esta zona. En este sentido, conocemos el repartimiento que se hizo a estas comunidades de la Corona de Castilla del Servicio y Medio Servicio que habían de pagar en el año de 1474:

El aljama de los judíos de Toledo, con los judíos de Torrijos, e de Galvez, e con los judíos que se fueron a vivir a Lillo….3.500 mrs. El aljama de los judíos de Talavera, sin los judíos de la Puente del Arzobispo…2.500 mrs. El aljama de los judíos de Maqueda, con los judíos que moran en la Torre de Esteban Ambran e Camarena…2.500 mrs. El aljama de los judíos de Escalona… 1.000 mrs. El aljama de la Puebla de Montalbán…800 mrs. El aljama de Santa Olalla… 1.500 mrs. El aljama de Ocaña… 11.300 mrs. El aljama de Casarrubios del Monte… 1.000 mrs. El aljama de Illescas… 800 mrs”.

Teniendo en cuenta que el pago por cada vecino o cabeza de familia era de cincuenta maravedíes, los datos anteriores nos darían una población judía en las localidades cercanas de 498 vecinos, que multiplicados por un índice 5 se convierten en 2.490 individuos, de los que ochenta (dieciséis vecinos) corresponden a la villa de la Puebla de Montalbán, cifra que es algo más de la mitad de los 150 judíos que nos encontramos en la vecina villa de Santa Olalla.

La expulsión de 1492 supuso la desaparición de los judíos que se habían mantenido fieles a su religión, pero no la de aquellos que se habían convertido al cristianismo, como fue el caso de la familia de Fernando de Rojas, autor de La Celestina y originario de la Puebla de Montalbán, cuyo apellido se mantiene en esta villa durante los siglos siguientes.

Los moriscos, por su parte, presentes como hemos señalado a finales del siglo XV, volvieron de nuevo a tener presencia en tierras del señorío durante el último tercio del siglo siguiente y comienzos del XVII. Al igual que en otras provincias castellanas, hacia 1571, después de la sublevación granadina, Toledo y sus poblaciones tuvieron importantes asentamientos moriscos, como fue el caso de la propia ciudad toledana (3.032 individuos), Ocaña (2.132), Maqueda (161), Talavera (399) y Escalona (2.132). Hay que tener en cuenta, según las ordenanzas establecidas en 1590 para el Servicio de Millones, “que después de la rebelión de los moriscos de Granada, se sacaron de aquel reino setenta o ochenta mil vecinos”; los cuales, si se multiplican por 5, nos daría una cifra de entre 350.000 y 400.000 individuos. Y si nos fijamos en las relaciones remitidas entre 1581 y 1589 por los obispos, arzobispos y prelados eclesiásticos, en Toledo se establecieron 15.258 individuos, de los que 5.582 eran hombres libres de más de catorce años; 5.687 eran mujeres, también mayores de esa edad; y 3.989 eran niños y niñas de menos de catorce años.

De ellos, tal como vemos en la documentación parroquial, una parte se estableció en la villa de la Puebla de Montalbán. Ya en la visita eclesiástica de 1578 se contabilizan 187 maravedíes “de las penas de los moriscos y otras que se an aplicado a la iglesia”; y a partir de aquí se repiten algunos datos sobre moriscos referidos a dos ámbitos: su actividad económica y la problemática que generaba su conversión y asimilación.

Respecto a lo primero, en 1591 conocemos la venta de una casa por Juan Alonso, vecino de la villa, al morisco Juan Medrano, que pasaba así a hacerse cargo del censo que sobre ella tenía la Iglesia, algo que le vemos hacer, al menos, hasta 1599. En 1608 vemos también a Gaspar, que aparece con las denominaciones de cristiano nuevo y morisco, al que se le cargan diez azumbres de aceite del censo que paga a la dicha iglesia”, correspondientes a los años 1606 y 1607, y lo mismo se repite en 1610. En la visita de ese año vemos también cómo se anota el cargo de 155 reales (5.270 maravedíes) “que ofrecieron los moriscos del reino… a la iglesia en una misa que dieron”. Todavía en las visitas de 1612 y 1613 se recogen censos, referidos a los años anteriores, que pagaron los moriscos Alonso Rodríguez y el ya mencionado Gaspar, el primero sobre una casa y el segundo sobre una viña.

En la visita de 1612, sin embargo, la reciente expulsión de los moriscos se refleja en la siguiente anotación sobre la actuación de la Iglesia para proteger sus ingresos: “Mas se le descargan –al Mayordomo- 1.870 mrs que gastó en sacar licencia del Comisario de los moriscos que asistía en Toledo para que ciertas haciendas que tenía la iglesia censos se vendiesen con el cargo dellos como pareció por carta de pedimento que mostró”. Dos años después, en una nueva visita, podemos ver como, efectivamente, desde el punto de vista económico, la expulsión no había influido en los ingresos de la iglesia parroquial, ya que se dice que “sobre las casas de Alonso Rodríguez, morisco, tenía la iglesia 2.000 mrs de censo... vendiéronse por su majestad, comprolas Gaspar García, vecino de esta villa, redimió 700 rs y pagó 2.500 mrs que abían corrido hasta 22 de noviembre de 1613 y junto todo monta 26.300 mrs; estos se los carga y declaran y quedan por vienes de la iglesia sobre las dichas casas y el susodicho 11.200 mrs que a razón de a 14 montan cada un año 800, por no averse cumplido la paga deste próximo año no se le carga”; y lo mismo pasaba con el censo en aceite del que ahora se dice que lo paga “una viña que era de Gaspar morisco”.

Hemos de recordar que las consecuencias de la expulsión para la economía y para la población hicieron que en los comienzos del reinado siguiente se intentara una cierta marcha atrás. Así, el 2 de marzo de 1626 “mandó Su Majestad despachar cartas a todas las Justicias del Reyno, para que, si se quisiesen volver a España todos los Moriscos espulsos, disimulen y no se lo ympidan ni por ello les hagan causas; pero que se tenga cuidado de su modo de vivir”. En cuanto al proceso de asimilación forzada que se intentó llevar a cabo con este grupo, lo anotado en las fuentes parroquiales de la Puebla de Montalbán indica que tampoco aquí dicho proceso tuvo éxito; si bien, el que las noticias sobre ello no aparezcan hasta pasados muchos años de su asentamiento en la villa, parece indicar que esta evidencia, al menos para las autoridades eclesiásticas, llegó relativamente tarde.

Así, es en la visita de 1593 cuando encontramos por primera vez referencias al proceso de conversión de los moriscos. En esta fecha se manda a una de las capellanías existentes en la iglesia parroquial, entre cuyas cargas estaba la de enseñar la doctrina cristiana a los feligreses los días de fiesta, que hiciera la misma quenta con los moriscos que en ella ubiere conforme a las constituciones del arzobispado”. Tres años después vemos un nuevo mandato del visitador que refleja la oposición de los moriscos al adoctrinamiento: “Otrosí, el dicho señor visitador fue informado que los moriscos que ay en esta dicha villa no oyen misa en los días de fiesta, ni se allan a oir la doctrina cristiana como son obligados, mandó asimismo al dicho cura o su lugarteniente cumplan la constitución que alla sobre los dichos moriscos como en ella se contiene y apremie a que vengan a la doctrina todos los días de fiesta...”. Y en 1598 nos encontramos también las medidas tomadas para acelerar la conversión, como eran la imposición de multas por el incumplimiento de oír misa los domingos, la entrega de cédulas por parte de los eclesiásticos como prueba de este cumplimiento, o la sustitución de estas cédulas por el testimonio de cristianos viejos que actuaran como testigos, a la vez que destaca también el que fueran confinados a cumplir el precepto de la misa dominical a la pobre iglesia de San Miguel, situada en un extremo de la villa, y no a la recién terminada y rica iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Paz, que se localiza en la misma plaza mayor:

“Otro sí, dixo que mandaba e mandó que los cristianos nuevos oyan misa todos los domingos y fiestas de guardar en la iglesia de San Miguel como les es mandado exceto las personas impedidas que por legítimas causas no puedan acudir a la dicha misa mayor, manda que oyendo misa rezada y dando testigos cristianos viejos no les executen la pena, aunque no muestren cédulas y a los que el cura le pareciere que tiene satisfacción de que oyen misa no les executen y asimesmo a los que se les a dado licencia para poderla oir en otra parte no les executen la pena y mandó que el que da las cédulas no reciba cohecho ni cosa alguna de los dichos por disimular sus faltas, sino que se execute la pena el día que cayeren en ella, syno la executando el mismo día no la executen otro y la dicha pena se reparta conforme manda la constitución y se entregue al mayordomo de la dicha iglesia para que se le hagan cargo y manda que al que hasta aquí las an cobrado las den dentro de tres días al dicho mayordomo so pena de excomunión, el qual les compela a que las den y les ebiten de las oras y divinos oficios hasta que las den”.

En los años 1599 y 1600 se le recuerda al cura la obligación de los moriscos de oír misa, pero también que “no dé licencia a ninguno dellos para hacer lo contrario, pues no se puede dispensar y las licencias dadas por el doctor Nieto las suspende por no aver sido dadas para conocimiento de causa y las que se obieren dado por el Consexo o vicario de su excelencia... esas solas se quedan”, lo que indicaría posiblemente una postura más realista del párroco sobre los moriscos de la villa. Sorprendentemente, en 1602 el cambio lo vemos en el visitador, en lo que parece el reflejo de la aceptación por parte de las autoridades eclesiásticas del fracaso de las conversiones forzosas, cuya falsedad debía ser ya entonces evidente. Ello explica que en esa fecha se anulen todos los mandatos de las visitas anteriores y ahora se mande al cura que “no dé el santísimo sacramento de la eucaristía ni consienta que se dé a alguno de los moriscos por buena aprobación que de su instrucción y buenas costumbres en la se tengan, no obstante que para comulgar tenido y tengan licencia...”, que él revoca. A partir de aquí, y hasta la fecha de la expulsión, no encontramos nuevas anotaciones de este tipo sobre moriscos, lo que parece indicar que, admitido el fracaso, se abandonó cualquier intento de conversión, a la vez que, si nos atenemos a lo señalado en la visita de 1602, se negaba incluso la veracidad de la posible conversión de algunos individuos. La expulsión, pues, se presentaría a los coetáneos como la solución lógica a esa situación, incluso antes de que el poder real lo decidiera.

El último de los grupos señalados es el referido a los esclavos. Se trata de un fenómeno complejo, cuyos orígenes son diversos. Ortega y Gasset considera que fue un avance importante en la historia humana y, aunque pueda parecer chocante dicha afirmación, tiene bastante sentido si tenemos en cuenta el razonamiento del filósofo español: el primer efecto de las guerras era la matanza de los vencidos hasta que los vencedores se dieron cuenta de que les era más beneficioso mantenerlos con vida y ponerlos a su servicio, es decir, convertirlos en sus esclavos, con lo que así lograban mantener la vida. No son, sin embargo, las guerras el único origen de la esclavitud, sino que las causas son diversas: las deudas no satisfechas que ponían al deudor en manos de su acreedor, la venta de una parte de los hijos ante la imposibilidad de poder mantenerlos, nacer de esclavos… o, simplemente, la captura de individuos para ser esclavizados y vendidos como ocurrió en los siglos XIX y XX en algunos territorios africanos por parte de comerciantes árabes y europeos. Por otro lado, si bien la esclavitud es un fenómeno universal que se ha dado a lo largo de los siglos, la existencia de sociedades puramente esclavistas es algo poco habitual, pues en sentido estricto sólo lo serían aquellas cuya fuerza de trabajo está formada mayoritariamente por esclavos, como el caso de los estados del sur de Estados Unidos hasta 1865, cuya economía se basaba en gran medida en el sistema de plantaciones, por poner un ejemplo cercano en el tiempo.

Además, como hemos dicho, la esclavitud se extiende a lo largo de la Historia y fue apoyada generalmente como un fenómeno normal, incluso por la Iglesia Católica desde sus comienzos. Así, en los primeros tiempos de dominio cristiano al final del Imperio Romano, Catherine Nixey, en su obra La edad de la penumbra, señala la realidad de la época respecto a la Iglesia: “Lejos de alentar la huida de los esclavos cristianos, los clérigos de mayor rango tomaban medidas enérgicas contra cualquiera que intentara escapar de su vínculo mortal desapareciendo en el desierto para servir de una manera más celestial. Cuando un obispo recomendó a los esclavos que abandonaran a sus dueños y se convirtieran en ascéticos, la Iglesia se quedó conmocionada y rápidamente los excomulgó. <<Nunca permitiremos tal cosa, aquello que causa tristeza a los amos a quienes pertenecen los esclavos y que es una influencia perturbadora>>, afirmaban los Cánones apostólicos. El reino celestial intercedió para echar una mano. En el siglo IV apareció san Teodoro, un santo cuya especialidad era encontrar a los esclavos desaparecidos. Si dormías sobre la tumba de san Teodoro, se decía, este se te aparecía en sueños y te mostraba donde se escondía tu recalcitrante esclavo.”

Pero centrándonos en el Señorío de Montalbán en los siglos modernos, las referencias a los esclavos son constantes en los libros parroquiales de la Puebla de Montalbán, la población más rica del señorío, desde mediados del siglo XVI, en que dan inicio, hasta el último tercio del siglo XVII. Ya en 1549 vemos anotado en estos libros un ingreso de cuatro reales para la fábrica de la iglesia como pago “de la sepultura del negro de Juan de Torres”; el hecho de que fuera una sepultura y no un rompimiento indicaría que dicho esclavo era considerado parte integrante de la familia. Se trataba tanto de hombres como de mujeres dedicados al servicio doméstico, que estaban presentes en las casas de un número importante de hidalgos y labradores acomodados de la villa y que, en muchos casos, son descritos como negros. Hay que señalar, además, que no fueron raros los casos de posesión de varios esclavos por una misma familia, como ocurre a mediados del siglo XVII con don Martín de Paredes, al que se le muere un esclavo en 1652 y le vemos enterrando a otra esclava en 1659 y a otra más seis años después, todos ellos fallecidos a edades elevadas. A muchos de ellos los conocemos, además, por las partidas de bautismo donde se registraban los hijos, por supuesto de padres desconocidos, de las esclavas, y por las partidas de defunción; si bien, también nos encontramos con algunos bautismos de esclavos ya adultos. Así, en noviembre de 1549 se bautiza a Ana, hija de Isabel, “esclava de Juan del Valle” y en junio de 1586 es bautizado Martín, hijo de Violante, esclava de Rodrigo de Pedrosa, a la que vemos tres años después bautizando a otro hijo. En 1596 es Isabel, esclava de Juan de la Casa, quien hace lo mismo; e igual ocurre con María, esclava de Pedro Martín el Viejo, que bautiza a uno de sus hijos en 1605 y a otro en 1609.

Durante el siglo XVII también se repiten los bautizos de hijos de esclavas pertenecientes siempre a las familias hacendadas de la villa: aparecen y se repiten apellidos como Paredes, Nieto, de Ávila (Dávila, posteriormente), Rojas, Hervás, Pantoja, Oyos, Angulo… Igualmente, nos encontramos entierros de esclavos, normalmente en las sepulturas familiares de sus amos, como ocurre en diciembre de 1639 con Gregorio, negro de diez años, perteneciente a Antonio de Oyos, que fue enterrado en sepultura propia en la iglesia de San Miguel. Se dieron, por último, casos de esclavos bautizados de adultos, posiblemente tras su compra, como pasó en septiembre de 1602 con Domingo, esclavo de Juan de Soto, y con José Baptista, esclavo de Gabriel Gallego, que fue bautizado en marzo de 1608 aviendo sido primero catequizado e imbuido en la santa fe católica”.

 Pero también los señores fueron dueños de esclavos, aunque aquí las noticias sean más escasas. Sabemos, por ejemplo, como en 1711 don Juan Francisco se encuentra con que tiene que cumplir algunas mandas dejadas por su esposa, que acababa de fallecer, entre las que se encuentra el dar ciertas cantidades y la libertad a varias esclavas de la fallecida, entre ellas Josefa de Angelis, y otras tres “de el retrete” -Paula, María Magdalena y Teresa-, “para que se puedan casar”. Y en 1776 doña María de la Portería, esposa de don Andrés Téllez Girón, compra una esclava en abril de ese año, levantando escritura de ello, a la que en 1779 dio la libertad. La esclava, que procedía de Angola, colonia de los portugueses, se llamaba María Teresa de Abizanda y tenía quince años poco más o menos en el momento de la compra; era “el total negra, pelo grifo, con una señal o cicatriz junto a la oreja izquierda, de buen arte”. Su historia nos puede dar una idea de los avatares de los esclavos en esta época: María Teresa había sido propiedad de don Ignacio Herrera, Capitán del Regimiento de Infantería de Mallorca, quien había fallecido en Sanlúcar de Barrameda, por lo que su viuda se la vendió al presbítero don Pedro de Avizando, capellán de ese Regimiento. Éste, a su vez, se la había regalado a don Tomás de Avizando, artífice platero, quien la volvió a vender en febrero de 1774 a don Manuel de San Pedro-Guerra, maestro de coches, de Madrid, quien unos meses después, en junio de ese mismo año, y tras cambiarle el apellido por el suyo, la vende por 1.680 reales al licenciado don José Antonio Ruenes, Abogado de los Reales Consejos y Secretario de la Casa del duque de Alba, tras lo cual pasó a propiedad de la condesa de Montalbán.