miércoles, 13 de septiembre de 2023

LA ORGANIZACIÓN TERRITORIAL DE ESPAÑA VII. DIVISIONES TERRITORIALES INFERIORES DURANTE EL ANTIGUO RÉGIMEN (Siglos XVI- XVIII)

 

En aras de una mayor claridad en la exposición, hemos diferenciado dentro de las divisiones territoriales del Antiguo Régimen entre las divisiones territoriales inferiores y las divisiones territoriales superiores. Las primeras son aquellas que se originaron en cierta forma desde abajo, como consecuencia en buena medida del proceso repoblador llevado a cabo por quienes pasaban a ocupar las tierras recuperadas. Mientras que las divisiones territoriales superiores, no sólo tienen mayor entidad en cuanto a su superficie, sino que se originan desde el poder como un instrumento de organización de la acción de gobierno en sus distintos ámbitos, fundamentalmente, el político, el judicial y el fiscal.

La Edad Moderna hereda de la Edad Media una gran diversidad en cuanto a las divisiones territoriales que hemos denominado inferiores, sobre todo en cuanto a su denominación. Sin embargo, frente a esa variedad, tres son las divisiones territoriales más importantes y comunes a todos los territorios de la España Moderna:

o   El Concejo: sin duda, el más importante.

o   La Comunidad de Villa y Tierra.

o   Las Merindades.

Concejo

Podemos considerar el Concejo como la unidad más pequeña en que aparecen divididos el territorio y la población.

Todo Concejo cuenta con tres elementos básicos:

o   Al menos con un núcleo urbano, cuyo tamaño varía y es indicativo de la importancia que ese núcleo de población tiene en cada momento.

o   Alfóz: este término designaba en la Edad Media el territorio rural que rodeaba a una villa o a una ciudad y que en alguna medida estaba bajo la jurisdicción de ésta o tenía alguna dependencia de tipo administrativo, y con ese sentido pasa a la Edad Moderna; en este territorio podía existir algún o algunos otros pequeños núcleos de población, que eran considerado como una especie de barrio o collación del núcleo urbano cabecera del alfoz, si bien muchos de ellos alcanzaron la independencia en estos siglos y pasaron a tener jurisdicción sobre su propio alfoz. En ocasiones, estas segregaciones de partes del territorio de un concejo estaban favorecidas por el poder, especialmente en los señoríos, como una forma de debilitar el poder de dichos concejos mermando su territorio y recursos con la aparición de nuevos concejos, más pequeños y fáciles de manejar por los señores.

o   Consejo de Gobierno: durante la Reconquista los primeros núcleos urbanos (siglos IX al XI) se organizan en concilia, asambleas o concejos abiertos, pero a partir del siglo XIV estos concejos abiertos fueron sustituidos poco a poco por regimientos, aunque se mantuvieron en algunos núcleos de población pequeños. Quienes estaban al frente de estos gobiernos locales recibieron distintos nombres según los territorios, aunque su figura es casi idéntica en todos ellos:

§  Castilla: Alcalde/s y Regidores, y Corregidores.

§  Cataluña: Batlle o Baile, Veguer y Concellers.

§  Navarra y Aragón: Zalmedina, Consellers y Jurados.

Lo normal en la Edad Moderna fue que quienes encabezaban los gobiernos municipales fueran dos en las poblaciones importantes y que cada uno de ellos representara a una parte de los vecinos, según su estamento: uno a los nobles (alcalde por el estado noble) y otro a los pecheros (alcalde del común), división que se solía replicar en el resto de miembros del gobierno local e incluso en los oficios municipales que se solían dividir entre ambos grupos. Por otro lado, el poder real tendió a controlar e intervenir en los gobiernos municipales a través de oficiales propios, como fue el caso en la Corona de Castilla de los Corregidores, también llamados Alcaldes Mayores, cuya existencia fue imitada también por la nobleza en las poblaciones importantes de sus señoríos como una forma más de controlar sus gobiernos.

En cuanto a los tipos de Concejos existentes tenemos también una cierta variedad:

o   Ciudad: corresponde, normalmente, a las cabeceras de reinos o provincias; cuentan con privilegios reales, fueros propios, y no dependen de ningún otro núcleo urbano.

o   Villa: es aquel núcleo urbano que cuenta con el privilegio de villazgo y que por tanto tampoco depende de ningún otro núcleo, a la vez que mantiene una jurisdicción propia sobre su territorio o alfoz, donde a la vez pueden existir otros núcleos de población, pero de menor categoría.

o   Anteiglesia: eran los municipios de la Tierra Llana vizcaína, que desde el siglo XVI se agrupaban en merindades. Su nombre procede de las reuniones de todos los vecinos en concejo abierto los domingos en la anteiglesia, aprovechando la reunión de la misa, costumbre común a muchas zonas de España y que explica en parte la existencia de esos espacios porticados y techados en el exterior de algunas iglesias.

Correspondían a la anteiglesia todas aquellas competencias propias de una pequeña comunidad local, para lo cual se elegían unos fieles regidores. En el siglo XVII había en Vizcaya 72 anteiglesias, todas las cuales tenían representación en las Juntas de Guernica, convirtiéndose así en la base de la composición de éstas, puesto que de las anteiglesias provenían la mayoría de los junteros.

o   Aldea: pequeño núcleo de población, con concejo propio pero que depende en los aspectos fiscales, jurídicos y administrativos de otro núcleo, normalmente una villa o ciudad. Podía contar con bienes de propios y  derechos comunales como tal concejo, pero no poseía un alfoz propio.

o   Parroquias y colaciones: son términos que tienden a usarse como sinónimos, pero que no siempre identifican la misma cosa.

         Las Parroquias pueden designar cada una de las divisiones internas, de tipo administrativo, de un núcleo urbano, por tomar precisamente como referencia la población dependiente de una parroquia eclesiástica. Pero también designan en la zona norte a pequeños núcleos rurales de población dispersa, cuyo nexo de unión era la existencia de una iglesia parroquial, que dependían a todos los efectos de otro núcleo de población que actuaba como capital del concejo.

        Las Collaciones, por su parte, eran el nombre que recibían en algunas zonas esas divisiones internas de un núcleo urbano, y en ese sentido se corresponde con las Parroquias, aunque no tienen por qué coincidir con el ámbito de una parroquia eclesiástica. Pero también era la denominación que se daba a pequeños núcleos de población, separados físicamente de una villa o ciudad, pero que a todos los efectos formaban parte de ella como si de un barrio más se tratara.

Comunidad de Villa y Tierra

Estamos en este caso ante una agrupación de villas y aldeas de un mismo término, en torno a un núcleo urbano, que recibía el nombre de la ciudad o villa cabeza de la misma.

La base de esta organización era el régimen de villa y tierra, cuyo origen está en el proceso repoblador: una villa o ciudad recibía un territorio para poblarlo, y los nuevos núcleos de población que surgían establecían un pacto entre sí y con la villa de cabecera para la defensa común frente al poder señorial como ocurrió en Cataluña. Estas comunidades desaparecen a lo largo de la Edad Moderna, debido a la concesión de privilegios de villazgo a muchas poblaciones durante los reinados de los Austrias.

En muchos casos, dentro de estas comunidades nos encontramos con los sesmos, sexmos o sesmas, que eran unas divisiones administrativas en las que a su vez se subdividían las comunidades de villa y tierra de Aragón y Castilla, sobre todo a efectos fiscales. La Comunidad de Segovia tenía 13 sesmos, 10 la de Sepúlveda, 4 la de Albarracín... Al frente de cada sesmo había un sesmero que actuaba como administrador fiscal. Los sesmos eran, pues, una división administrativa con carácter fiscal, intermedia entre la comunidad y la aldea, y, al igual que las comunidades, también desaparecieron en 1833. Por otro lado, estos sesmos no permanecieron inmutables durante la Edad Moderna, sino que fueron cambiando su fisonomía, en algunos casos por integrar a algunas aldeas nuevas o, al contrario, incluso fraccionándose un antiguo sesmo en dos, en alguna ocasión.

Merindades

Igualmente las merindades son circunscripciones administrativas de origen medieval; a su frente estaba un merino, que era un oficial real con competencias en recaudación y administración de rentas y servicios, judiciales y gubernativas. Estas divisiones se dieron en Castilla (no en la Corona en su conjunto) y en Navarra.

En Castilla propiamente dicha, el territorio existente hasta el Sistema Central aparece dividido desde el siglo XIV en 19 merindades: Aguilar de Campóo, Campos, Cerrato, las Asturias de Santillana, Castrogeriz, Candemuño, Infantazgo de Valladolid, Monzón, Villadiego, Liébana-Pernia, Saldaña, Burgos-Ubierna, Castilla-La Vieja, Bureba, Silos, Rioja-Oña, Logroño y Allende-Ebro.

Todas ellas quedaron integradas en la llamada Merindad Mayor de Castilla, luego gobernada por un Adelantado Mayor nombrado por los monarcas.

En el caso de Navarra el reino aparece en el siglo XIV dividido en cinco merindades: Pamplona o la Montaña; Sangüesa; Tudela o la Ribera; Baja Navarra o zona de Ultrapuertos, que es la actual Navarra francesa; y Estella. En 1406 se añadió la merindad de Olite, y en 1512 Pamplona sale de esta división.

Parece que en Aragón también existieron merindades, aunque no en todo el reino, si bien sabemos que había merinos con residencia fija en Jaca, Huesca, Ejea, Zaragoza y Tarazona.

Todas estas divisiones territoriales, que hemos denominado como inferiores, se mantuvieron durante todo el Antiguo Régimen, y en algunos casos han llegado hasta nuestros días como parte de nuestra actual división territorial, como veremos.

 

domingo, 6 de agosto de 2023

PEQUEÑOS APUNTES SOBRE LA ACTUALIDAD DE HOY Y DE AYER

 

Creo humildemente que la política es, o debería ser, una de las cuestiones fundamentales en la agenda de todo ciudadano porque, quiera o no, su vida se ve influida en casi todos los ámbitos por ella. En mi caso, la política actual y el modesto análisis que uno pueda hacer de ella, tiene un interés doble. A mi condición de ciudadano uno una cierta formación histórica y siempre he pensado que la Historia permite entender mejor la actualidad; pero, además, el tiempo presente es un verdadero laboratorio para entender en parte el pasado. Desgraciadamente, en algunas disciplinas es el investigador el que lleva las riendas de los experimentos, mientras que el historiador que analiza la actualidad debe conformarse sólo con evaluar los distintos elementos que confluyen en la política al modo con que en una partida de ajedrez los resultados varían según se utilice cada una de las piezas del juego: un espectador ve cómo las decisiones que toma cada jugador tienen o pueden tener distintas consecuencias, de tal modo que cada nueva jugada replantea la partida a una nueva realidad.

Aunque no conozco en profundidad la situación política en otros países de nuestro entorno, es difícil que en ellos se dé la mezcolanza de organizaciones o partidos políticos que existe en España. Pero, sobre todo, es más difícil aún que la imagen sobre esos partidos y la realidad ideológica de los mismos sea tan divergente como en nuestro país. Y ello sin contar la existencia de los múltiples partidos existentes en cada región, cuyo análisis me gustaría abordar en otra ocasión.

Aquí contamos, además, con una palabra fetiche que se sobrepone a todo intento de análisis del espectro ideológico. El término mágico y excluyente para una buena parte de la población es el de fascismo. O se entra en esa categoría o se entra en la contraria; no hay término medio.

Escribí en una ocasión que el PSOE de la Transición era un partido completamente nuevo creado en los años anteriores y sin mucho que ver con el PSOE histórico y su papel en el régimen republicano y en la Guerra Civil. Sólo cuando este partido entró en decadencia a comienzos del presente siglo, quien entonces era su Secretario General y futuro Presidente del Gobierno, el señor Rodríguez Zapatero, los socialistas renegaron de la política de Felipe González y apelaron como medio de unir en torno a sí a una parte del electorado al relato de la Guerra Civil. Quien conozca un poco la Historia de España sabe que el PSOE en los años treinta distaba mucho de ser un partido democrático y era, por el contrario, una organización revolucionaria cuyo objetivo era la toma del poder, por los medios que fuera. Esa era la realidad y eso explica su papel en el periodo republicano y sus intentos de derrocar a la derecha, que había ganado democráticamente las elecciones el año anterior, en 1934 y derribar al entonces Gobierno legítimo. El protagonismo del PSOE en la llamada Revolución de Octubre y de uno de sus principales dirigentes, Prieto, es de sobras conocido. Por otro lado, el falseamiento de las elecciones de febrero de 1936 por los partidos de izquierda y la manipulación de los resultados electorales para resultar ganadores están también bien documentados en los últimos años por historiadores de prestigio.

Con esos mimbres la apelación al pasado por parte de la izquierda, en general, y de los socialistas, en particular, únicamente podía tener éxito llevando a cabo un tremendo proceso de falseamiento histórico. Pero lo lograron. Una parte de los medios de comunicación, la decadencia del sistema educativo y el espíritu progresista calaron en una sociedad española nihilista que se alimenta de eslóganes facilones, aunque encierren en sí mismo tremendas falsedades históricas.

Con ello, el PSOE ha renunciado a su papel en la Transición y a todo lo que supuso su refundación de la mano de Felipe González, de tal manera que los socialistas de ahora están más cerca de los socialistas de los años treinta (II República y Guerra Civil) que del socialismo de los años ochenta del siglo XX. Y ello es, en mi opinión, un tremendo error que pagarán sobradamente en el futuro. Que los hechos históricos tienen consecuencias es innegable, y que esas consecuencias no siempre son inmediatas, también. Pero que esa mutación tendrá sus efectos, aunque para ello haya que esperar algunos años, es difícil de negar. Y esos efectos serán especialmente negativos para el socialismo español.

Ni el ecologismo, ni el feminismo, ni su conversión al nacionalismo en algunas regiones de España lograrán detener el proceso de decadencia del PSOE tal como está actuando en los últimos tiempos. Por otro lado, esos ismos están cada vez más cerca de convertirse en religiones y las creencias religiosas, por su carácter general, terminan por no singularizar a nadie: si todos somos ecologistas y feministas, nadie podrá colgárselo como etiqueta diferenciadora. Por el contrario, la ideología como tal, entendida como un cuerpo de ideas políticas propias, ha ido despareciendo hasta el punto de que la mayoría de su electorado lo es porque se siente de izquierdas, pero no sabría explicar en qué consiste esa cualidad, o simplemente se considera a sí mismo como progresista, pero tampoco es capaz de definirlo.

Por su parte, la evolución de la derecha política en las últimas décadas ha sido muy diferente, aunque el resultado es similar. La antigua Alianza Popular, refundada después en el Partido Popular, logró, no sin esfuerzo, aunar en torno a sí al electorado conservador situado a la derecha del PSOE cuyos valores eran los de un europeísmo reformador compatible con la idea de una España unida. Los sucesivos fracasos de crear un partido de centro parecían anunciar un bipartidismo imperfecto en España que, más o menos bien, podía asentar el régimen de la Transición.

Esa imperfección del sistema político bipartidista venía por la existencia de partidos regionales de carácter independentista, cuya representación, premiada por el sistema electoral, los hacía socios casi imprescindibles en la gobernabilidad de España una vez desaparecidas las mayorías absolutas de PP y PSOE.

La cuestión aquí es intentar saber qué ideas palpitan detrás del partido que ha representado a la derecha social en España. Y para ello puede que sea necesario distinguir, mucho más que en el PSOE, entre los votantes y los dirigentes del Partido Popular. No es ahora el momento de analizar el complejo ideario de quienes votan la opción de la derecha en España, pues espero que ello sea tema de una reflexión posterior, pero sí de resaltar la creciente divergencia entre ese ideario y la actuación de los dirigentes del PP. Se podría decir que este partido, cuando ha alcanzado el poder, se ha limitado a administrar el país, renunciando en la práctica a las ideas defendidas en la oposición, que han sido las que llevaron a millones de ciudadanos en su momento a darles su voto. Esa diferencia entre la teoría política y la práctica de gobierno es la que explica el nacimiento de VOX como un partido conservador que ha recogido el ideario de muchos de los votantes de derechas, les voten o no.

Esta nueva opción política se convierte así en el mayor peligro para el bipartidismo de los dos grandes partidos, porque, además, deja en evidencia tanto las contradicciones de la izquierda, y la evolución que ha tomado en los últimos años, como la cada vez mayor inconsistencia ideológica de la derecha tradicional. Se puede pensar que el nacimiento de VOX responde a la pobre actuación en el campo de las ideas, como dirigente y gobernante, de Mariano Rajoy, pero eso es sólo una parte de las causas. El nacimiento de VOX se explica también por el radicalismo que se impuso en el PSOE desde los tiempos de Rodríguez Zapatero y que se ha agudizado en los últimos años. La crisis de ambos partidos, PP y PSOE, es el origen de VOX y lo que ha permitido su desarrollo. No se trata, en mi opinión, de una opción coyuntural que responda a una situación concreta, como ocurrió en otros casos, como Podemos, sino de una crisis del sistema bipartidista que afecta a ambos partidos hasta ahora mayoritarios, y eso es lo que hace tan peligrosa la nueva situación y explica los ataques que el nuevo partido recibe desde ambos lados y desde los medios de comunicación que, en España, hace tiempo que han tomado partido por una u otra opción, obviando en la mayoría de los casos su obligación de informar de forma independiente.

Desde la izquierda se ha intentado deslegitimar a todos aquellos que han optado por la nueva opción política mediante la descalificación: son unos fachas, término que antes se aplicaba a todo aquel que era de derechas, o que simplemente no era de izquierdas. Pero al igual que el combatamos el fascismo no tuvo mucho éxito electoral en los años veinte y treinta del siglo pasado, no parece que ahora lo vaya a tener. Desde el PP la descalificación ha sido más grosera aún si cabe, pues se ha basado en hacer suyos los eslóganes que la izquierda ha utilizado contra ellos hasta hace poco. Quizás se ha pensado que, si ahora lo de fachas se refiere sólo a VOX, el Partido Popular adquiría así su patente de demócratas para la izquierda.

Craso error, el término facha, de tanto usarlo, ha perdido efectividad y, aunque se ha sustituido por el de extrema derecha o el de machistas, es difícil convencer a una parte de los ciudadanos de ello ante la realidad de los hechos y la existencia de partidos con ideas xenófobas y racistas, que son dos cosas diferentes, en las provincias vascas y en la región catalana, o de un partido de extrema izquierda como Bildu, que ha participado en la gobernabilidad de España en los últimos años, como si no hubiera una historia de centenares de asesinatos detrás.

En este sentido, es curioso cómo la izquierda nacional ha blanqueado a aquellos partidos que le puedan ser necesarios para poder gobernar, caso del mencionado Bildu o del partido del prófugo Puigdemont. De pronto, quienes apoyaban a los asesinos de ETA, y les homenajean impunemente ahora, se convertían en demócratas de toda la vida. No me resisto a recoger lo que en una pequeña charla de amigos expresó una persona, he de suponer que acérrima seguidora del PSOE, al decir que los de Bildu de ahora son distintos del Bildu de antes. Lamentablemente mi estupefacción me impidió saber en qué son distintos.

Por el contrario, el PP ha comprado estúpidamente el mensaje de la izquierda sobre VOX y la necesidad de alejarle del poder. Con ello están dando lugar a varios mensajes contradictorios. Por un lado, teniendo en cuenta que una buena parte de quienes votan a VOX son antiguos votantes del PP, están denigrando las ideas de antiguos votantes populares que en muchos casos se pueden sentir ofendidos; por otro lado, aunque con ello puedan perseguir la desaparición de VOX y el reagrupamiento de los electores de derechas en el PP como única opción, el resultado está siendo el contrario, a pesar de que puedan tener un cierto éxito en el corto plazo. Y por último, están renunciando a la posibilidad de poder gobernar, ya que son los votos de VOX los únicos que, en esta situación de desaparición de las mayorías absolutas, les pueden permitir acceder al poder.

Los dirigentes del PP han seguido, pues una actuación contraria a la del PSOE, que ha blanqueado a sus posibles aliados para poder gobernar. Por el contrario, esos dirigentes populares, al demonizar a VOX como partido democrático han lanzado un doble y terrible mensaje: si finalmente necesitan a VOX para poder gobernar y pactan con él, es que puede más sus ansias de poder que esos principios políticos que decían defender y que eran tan distintos; y, en segundo lugar, si el mensaje de que los de VOX son tan malvados cala entre una parte del electorado, pero es evidente que la alianza con ellos es la única forma de llegar a gobernar, esos mismos electores pueden decidir no votar ni a unos ni a otros, como parece haber ocurrido en las últimas elecciones generales.

Realmente una estrategia muy distinta a la seguida por la izquierda que ha creado la imagen de que todo lo que no es de derechas es progresista, sin entrar para nada en los valores, ideas o actuaciones que ciertos partidos han tenido en contra de los valores constitucionales. Y, aparte de distinta, poco inteligente.

Es cierto que el poder de los medios de comunicación, grandes y pequeños, ha servido para adormecer y agravar el espíritu nihilista de la sociedad española en las últimas décadas. También es innegable que el desacreditado sistema educativo ha dado lugar a la falta de un espíritu crítico e independiente en muchos ciudadanos, presentes o futuros. Pero todo ello es poco probable que logre cambiar los hechos aunque edulcore la visión de los problemas o desvíe momentáneamente la atención a otras cosas.

Permítanme finalizar con una imagen por si algunos pueden ver en ella una metáfora. Los bosques han dejado de ser parte de nuestras vidas e incluso se han ido sumando las prohibiciones de los aprovechamientos tradicionales que en ellos se hacían hasta el punto de que hasta los habitantes más próximos los ven como algo ajeno, lo que ha provocado su abandono. Y el resultado de ello está siendo que, a pesar de las imágenes bucólicas que se da de ellos, nuestros bosques están desgraciadamente desapareciendo pasto de las llamas.