martes, 2 de mayo de 2023

LA ORGANIZACIÓN TERRITORIAL DE ESPAÑA V. RAÍCES HISTÓRICAS: DOMINIO ROMANO Y PERÍODO VISIGODO.

La presencia de Roma en la Península Ibérica va desde finales del siglo III a. C. hasta las invasiones de los inicios del siglo V d. C. y “supuso el trascendental hecho de dar nacimiento a la primera unidad política peninsular y a la primera organización del espacio hispánico en unidades administrativas”, tal como señala Julián Alonso en su obra.

El proceso se inicia con la llegada en el 218 a. C. de Cneo Cornelio Escipión para luchar contra los cartagineses. Para el año 206 a. C. Hispania es considerada ya una provincia romana. Y en el 197 a. C. el territorio es dividido en dos provincias con fines administrativos:

·        La provincia Citerior: es la más cercana a Roma, y se extiende por el valle del Ebro y la costa levantina hasta Baria (Vera, Almería), con frontera interior desde el río Almanzora hasta Sierra Morena.

·        La provincia Ulterior: la más alejada; abarcaba todo el sur peninsular, hasta la Sierra de Alcaraz.

En esos momentos, tanto la totalidad de la meseta como las áreas norteñas, es decir, la mayor parte del territorio, quedaban fuera de la ocupación romana. Posteriormente, las conquistas fueron avanzando hacia el interior y hacia el norte y, en paralelo, fue aumentando también la extensión de ambas provincias.

La inicial división provincial del 197 a. C., confirmada en el 133 a. C. por una Lex Provinciae, fue operativa hasta el 27 a. C., en pleno período de las guerras cántabras. En ese año, 27 a. C., Augusto reestructura la organización provincial:

·        La provincia Hispania Citerior pasa a denominarse Hispania Citerior Tarraconense, con capital en Tarragona, e incorporará dentro de sus límites el recién conquistado territorio de los cántabros y la zona NO peninsular (año 14 a. C.). Tendrá la consideración, además, de provincia imperial, por lo que dependerá directamente del Emperador, no del Senado romano.

·        Por su parte, la Hispania Ulterior dará lugar a dos nuevas provincias con la categoría de senatoriales:

o   La provincia Hispania Ulterior Baética, con capital en Córdoba, y cuya extensión coincidía prácticamente con la actual Andalucía, si bien entre el 12 y el 7 a. C. su zona SE pasó a la Tarraconense.

o   La provincia Hispania Ulterior Lusitánica, que incluía buena parte del actual Portugal (excepto su zona norte), Extremadura y SO de la actual Castilla y León.

A partir de aquí hay algunos cambios importantes:

1      La Citerior Tarraconense queda subdividida en circunscripciones administrativas que, “posiblemente se denominasen diócesis”, pero de las que apenas conocemos nada.

2      Todas las provincias se subdividieron en demarcaciones o distritos judiciales llamados conventi juridici, en torno a una ciudad importante. Esta división judicial en conventos jurídicos se concretó en época de Claudio, quedando Hispania y sus provincias con la siguiente división:

·        Provincia Tarraconense:

o   C. Tarraconensis (Tarraco)

o   C. Caesaraugustanus (Caesaraugusta)

o   C. Cartaginensis (Cartago Nova)

o   C. Cluniensis (Clunia o Coruña del Conde)

o   C. Asturum (Astúrica Augusta)

o   C. Lucensis (Lucus Augusti)

o   C. Bracarensis (Bracara Augusta)

·        Provincia Lusitánica:

o   C. Scalabitanus (Santarem)

o   C. Emeritensis (Emérita Augusta)

o   C. Pacensis (Pax Augusta o Beja)

·        Provincia Bética:

o   C. Hispalensis (Hispalis)

o   C. Cordubensis (Corduba)

o   C. Astigitanus (Astigi o Écija)

o   C. Gaditanus (Gades)



En el siglo III d. C. hay, además, dos cambios importantes:

·        En el año 216 d. C. (en el 212 había concedido la ciudadanía romana a todos sus súbditos), el emperador Antonio Caracalla creó la nueva provincia de Hispania Nova Citerior Antoniniana con los territorios de galaicos y astures (los conventos Lucensis, Bracarensis y Asturum), situando la capital en Brácara (Braga, Portugal), si bien esta división tuvo una corta existencia.

·         En el año 293 d. C. el emperador Diocleciano acomete una profunda reordenación territorial del Imperio, que se divide en 4 grandes Prefecturas: Galia, Italia, Iliria y Oriente, a cuyo frente estaba un Prefecto. Las Prefecturas, a su vez, se dividían en Diócesis (que no tienen nada que ver con las anteriores).

De esta forma, Hispania pasaba a ser una Diócesis, dependiente de la Prefectura de las Galias, y gobernada por:

o   Vicens Agens: subordinado al Prefecto de las Galias.

o   Vicarius Hispaniarum: residente en Hispalis, Emérita Augusta o Tarraco.

o   Comes extraordinario: reemplazado por el Vicario en tiempos de Constantino.

A su vez, la Diócesis Hispaniae se dividía en 6 provincias: cinco peninsulares y la última en el Norte de África: Tarraconensis, Cartaginensis (segregada de la Tarraconense),  Bética, Lusitania, Gallaecia (vuelta a crear) y Mauretania Tingitania.        

Posteriormente, en el 385, Teodosio crea la provincia Baleárica (hasta entonces el archipiélago dependía de la Cartaginense), con lo que la Diócesis Hispaniae pasa a tener 7 provincias.

Todas estas reformas en la organización territorial y, sobre todo, la de Diocleciano, son especialmente importantes por:

1      Demuestran que Roma siempre consideró a Hispania, en el marco general del Imperio, como una unidad geográfica, económica, social y racial, al igual que hacía con la Galia y con Egipto, aunque por necesidades militares y administrativas el territorio se dividiera en varias provincias.

2      Con la reforma de Diocleciano, por primera vez en la historia, todo el territorio peninsular es puesto bajo una misma autoridad, el Vicarius Hispaniarum -aunque éste dependiera del Prefecto de las Galias-, con mando sobre los Gobernadores Provinciales en cuestiones civiles.

3      Con las matizaciones que se quiera, el conjunto de las tierras hispanas aparece por primera vez organizado regionalmente y ordenado desde los puntos de vista político, económico y administrativo.

4      Se creó, por vez primera, una red urbana que articulaba la península gracias a las vías de comunicación y a las funciones de las capitales de las provincias y de los conventos (= ciudades).

5      La romanización supuso un proceso de uniformización de la variedad de pueblos anteriores, especialmente con el latín, si bien teniendo en cuenta dos hechos:

a.       La evolución del latín a lo largo de la Edad Media dará lugar a una diversificación lingüística que diferenciará a algunas regiones.

b.      La mayor o menor intensidad de la romanización en las distintas zonas dará lugar también a otro factor de diferenciación, como ocurrió en algunas zonas del norte.

El siglo V y las invasiones bárbaras que entonces se dieron dará lugar a una nueva etapa en la organización territorial de la Península Ibérica, si bien se mantuvo la continuidad con lo existente anteriormente, ya que la división bajoimperial de Hispania parece que sirvió de pauta para el asentamiento de los pueblos bárbaros a partir del 409:

o   Vándalos silingos: en la Bética.

o   Alanos: en la Lusitania y en la Cartaginense.

o   Suevos y Vándalos asdingos: en el Noroeste.

Roma, pues, sólo retendrá en esta época la zona de la Tarraconense, si bien poco después fue ocupada por los visigodos. El pacto entre Roma y los visigodos llevó a la conquista por parte de éstos de los territorios de los alanos y de los vándalos silingos, quedando ya solos y recluidos en Galicia los vándalos asdingos y los suevos.

Tras la caída de Roma (476), los visigodos pasan a controlar de forma independiente Hispania, trasladan la capital a Toledo y convierten la península en el centro de su poder tras la derrota de Vouillé (507) ante los francos. A pesar de ello durante la mayor parte del siglo VI la península aparece políticamente dividida:

o   Cántabros y vascones: en el Norte.

o   Reino suevo: en el Noroeste.

o   Bizantinos: sur de la península y Baleares.



A finales de ese siglo, sin embargo, comienza una consciente política de reunificación territorial, que conoce tres grandes momentos, tal como vemos en el mapa anterior:

1      Reinado de Leovigildo (573-586): conquista el reino suevo y el territorio cántabro, a la vez que reduce las posesiones bizantinas a las zonas costeras del sur, sudeste y Baleares.

2      Reinado de Sisebuto (612-621): redujo a los bizantinos en la península a una pequeña zona del Algarbe.

3      Reinado de Suintila (621-631): expulsa a los bizantinos definitivamente y somete a los vascones. Únicamente escapaban al control visigodo las Baleares, que estaban en manos bizantinas desde que Justiniano se las arrebatara a los vándalos.



Paralelamente al proceso de unificación, los visigodos llevaron a cabo, desde la época de Leovigildo, un proceso de organización territorial que tomó como modelo la antigua división provincial romana. Esta nueva división provincial visigoda parece que estaba ya plenamente formada a comienzos del siglo VII y, tal como se puede ver en el mapa anterior, era la siguiente:

o   Iberia: se corresponde con la zona oriental de la antigua Tarraconense.

o   Autrigonia: toma su nombre del pueblo prerromano de los autrigones y se extendía por las tierras ocupadas por cántabros, rucones y vascos.

o   Galecia: se corresponde con su homónima romana.

o   Lusitania: se corresponde también con su homónima romana.

o   Auraiola: corresponde a la antigua Cartaginense.

o   Hispalis: junto con la Bética, se corresponden con la antigua Bética romana.

o   Bética

o   Septimania o Galia Gótica: antigua Narbonense.

Parece que estos territorios se completaban con el dominio de algunas ciudades de la antigua Mauritania Tingitania, especialmente Ceuta.

A estos cambios en la división territorial hay que añadirle dos modificaciones en cuanto a la organización de las provincias:

a.       Desde el 550 desaparecen los Gobernadores y queda como único gobernante el dux o jefe militar, a la vez que las provincias pasan a llamarse Ducados.

b.      La provincia o Ducado deja de ser la división básica en lo administrativo y en lo judicial, al dividirse en Territoria, a cuyo frente está un Comes o Conde, teóricamente sometido al dux, con funciones administrativas y jurídicas.

Estos territoria tomaron como base y el nombre de los antiguos territorium de las ciudades de la época romana, y no la antigua división en conventos jurídicos.

Podemos decir, por tanto, que se dio una cierta continuidad y singularidad peninsular respecto al resto de Europa a lo largo de la Hispania romana y de la etapa visigoda en lo que respecta a la organización territorial. Por otro lado, estas divisiones denotan en ambos casos la existencia de una administración desarrollada y, hasta cierto punto, compleja, que se caracterizó por el continuismo en todos estos siglos.

 

martes, 4 de abril de 2023

TIEMPOS DE INCERTIDUMBRE

 

Cuando uno era un joven estudiante de Bachillerato, había dos asignaturas, Religión y Filosofía, que compartían ciertos debates. Y uno de ellos era si la moral del ser humano era innata o se adquiría a través de la formación social y familiar, o bien tenía parte de ambos orígenes. Es decir, si el hombre cuando nace, como ser creado por Dios, es portador de unos principios morales que le han de mostrar el camino recto o si, por el contrario, es la familia y la sociedad en su conjunto quienes nos inculcan desde el comienzo unos valores morales que nos permiten convivir con el resto de seres humanos, o bien, como hemos dicho, si se dan las dos cosas.

Cuando el debate se convertía en algo más profundo, uno se planteaba también la hipótesis de si la evolución humana nos insertaba una serie de mecanismos de defensa de la especie que nos han hecho más sociables: el interés del grupo frente a los peligros exteriores conlleva la búsqueda de la seguridad de todos sus miembros como forma de cohesión y mecanismo de seguridad colectiva. Es decir, en el proceso evolutivo no sólo sobreviven los individuos más fuertes o mejor dotados, sino también las especies que han convertido en fortaleza la cooperación entre sus miembros: somos más fuertes porque hemos logrado instintivamente unir las fuerzas de todos, y somos más inteligentes porque hemos logrado crear una inteligencia social que aúna la de todos sus miembros en beneficio común.

Sea como fuere, y no es éste el debate que ahora nos interesa, como adolescentes en pleno proceso de formación intelectual, estábamos convencidos de que el hombre contaba con unos principios morales, al margen del origen que les quisiéramos dar, que regían su vida como personas individuales y como integrantes de una sociedad. Esos principios, de una u otra forma, impregnaban nuestra visión del mundo y, aun cuando no los seguíamos en ocasiones, eramos conscientes de su existencia y de su importancia.

No se trataba en aquellos años de si algunos chicos llevaban o no el pelo largo, de si las faldas de las chicas se acortaban con más rapidez de la que sus padres podían admitir, o de si los gustos musicales tendían a primar más el volumen que la conjunción de notas. Aunque a algunos todo aquello les pareciera una revolución, no era nada más que la demostración de una manera propia de manifestar la rebeldía innata en toda generación joven respecto a las generaciones anteriores: nada nuevo en la Historia, ya que siempre las nuevas generaciones buscan, entre otras cosas, revolucionar las formas y diferenciarse de sus mayores. Sin ello no habría evolución histórica, ni siquiera podríamos hablar de evolución artística, ya que ésta se basa en los elementos diferenciadores que surgen y nos permiten hablar de nuevos estilos.

En esencia, a lo largo de los siglos hemos ido cambiando las formas, incluso las formas sociales, pero los principios morales se han mantenido como convicciones profundas del alma humana. Generación tras generación revolucionamos una parte del mundo que nos hemos encontrado, pero hemos seguido considerando como algo indiscutible el respeto al otro en todos sus aspectos, la defensa de la vida de nuestros semejantes, la obligación de defender a los más débiles o, simplemente, el no engañar a los demás, como algunos de los elementos que forman parte de esos principios morales.

Todo ello eran certezas y esas certezas nos daban fortaleza y seguridad en nuestra vida diaria. Lamentablemente, hoy esas certezas han desaparecido en muchos casos y a nuestro alrededor vemos sobre todo relativismo y provisionalidad en las cosas más trascendentales. Estamos, en mi humilde opinión, en tiempos de incertidumbre.

Y ello es así cuando repasamos algunas de las realidades que se dan a nuestro alrededor.

Si miramos el mundo de la política, pocas veces como ahora ha habido tal mediocridad en lo que se refiere a los líderes de los distintos países. En español se mantiene todavía la expresión ¡qué bon vasallo si oviere bon señor! Lo cual significa que siempre ha habido malos gobernantes, pero nunca como hasta ahora ha sido un fenómeno tan general y evidente, a pesar de que los medios y las técnicas de comunicación conviertan en figuras relevantes a verdaderos incapaces. Y el problema es que se rodean de gente como ellos, con lo que los grupos gobernantes han pasado a crear muchos problemas y a solucionar muy pocos, debido a su incapacidad.